miércoles, 21 de julio de 2010

¿Qué cojones…?

Digamos que he pasado por la hostia de trabajos con mejor o peor fortuna, que he tenido jefes más majos, más bordes, que he cumplido más o menos. Que he tenido mejor o peor suerte, que me han dicho “ya te llamaremos” ni se sabe las veces, pero, exceptuando los trabajos a los que yo he fallado deliberadamente, solo se me ocurren dos ejemplos de trabajos en los que nunca han faltado a su palabra, o dicho de otro modo, siempre han sido transparentes y, dicho sea de paso, a mi no me han fallado jamás. Hay compañeros míos que tienen más sangre que yo, que las han pasado más putas, que han pasado por menos trabajos porque les duraban más, que han cumplido, que se han labrado una buena reputación allí por donde han pasado, que pueden presumir de tener la cabeza mejor amueblada que yo, eso no lo cuestiono. Los dos únicos trabajos a los que me refería son el Ejército y El Corte Inglés.

Puede que no esté aquí por vocación, que mi objetivo es estar aquí para necesitar este trabajo lo menos posible, eso ni los mandos están en contra, entre otras cosas, porque no pueden. Lo único que se pide de mi aquí dentro es que cumpla. Todo el mundo me sugiere que le saque partido a esto, vale. Hasta ahí de puta madre.

Ayer hubo un pequeño malentendido del que no hablaré aquí porque no procede, del cual se hicieron eco los mandos, y claro, pidieron explicaciones. Tirándonos de la lengua nosotros solitos, resulta que salieron a la luz malos rollos de personas que sacan su mal genio para sacar, sic, los colores a sus subordinados. Vale, puedo decir que conmigo no va la cosa, que yo no tengo derecho a quejarme y puede que no esté dolido, pero eso de que en la Academia no se nos trataba así no me lo creo, a mí, mis instructores, o al menos nuestro mando más directo se cabreaba con nosotros de la hostia, porque nuestro pelotón era, salvo excepciones, una panda de incompetentes, no por lo mal que trabajabamos, ojo, si no porque no había Cristo que se pusiese de acuerdo entre nosotros, y siempre estabamos de peleas.

Recuerdo con claridad mis primeras maniobras en Alijares, recuerdo el cague que tenía la primera vez en mi puta vida que se me exigía tanto físicamente, que me entró, como a mucha gente supongo, una crisis de conciencia en plan “¿qué estoy haciendo aquí?” Recuerdo cuando estábamos todo el pelotón con nuestro sargento y nuestro cabo todos sentados hablando, teniendo una charla tranquila acerca de por qué nos habíamos alistado y cuando yo confesé con pelos y señales la razón por la que estaba ahí. Recuerdo perfectamente las caras de asombro y de vergüenza ajena a partes iguales ante tal osadía. Yo recuerdo perfectamente las emociones que sentí aquel día. Sentí que no podía cargar durante tres meses con tamaña osadía sin que se supiese. Recuerdo a mi cabo pasándose por mi iglú antes de acostarme para decirme, literalmente: “Si te sirve de consuelo, Arroyo, la unidad a la que vas es bastante light”. Y, aunque tuviese más crisis de conciencia como sabéis, recordarme a mí mismo esas palabras me servían para seguir adelante, fue mi motivo para aguantar la instrucción, y he tenido mi recompensa, vaya si la he tenido. A veces me cuestiono cuan caprichosa puede llegar a ser la memoria cuando nos quejamos por vicio. Dicen que en la Academia nadie nos ha tratado como trata a determinadas personas un mando de aquí. Discrepo, vosotros mis lectores no lo tenéis por qué saber, pero ¿nadie de mis compañeros se acuerda de cuando nos decían que nos largásemos de ahí, que sobraba gente? ¿de cuando nos echaban la bronca de igual manera por cagadas mucho más gordas que aquí? ¿cuando “amenazaban” con que el último que llegase a las camaretas tenía que limpiar los retretes, y sólo era para que ninguno de nosotros fuésemos andando? ¿o de cuando simplemente nos echaban la bronca por fumar o hablar por teléfono en los baños, cuando no se podía? Podría tirarme 20 minutos mencionando ejemplos. Entonces, si meternos caña en aquel momento, era por un motivo ¿qué cambia ahora? No se supone que sabemos más que entonces y eso conlleva la responsabilidad de poner el listón más alto. No me vale que nuestra unidad sea light, somos militares con todas las consecuencias, y manda huevos que lo diga alguien que no está aquí por vocación. Bueno, pues parece que lo tenga yo mejor asumido que mucha gente, por mucho que sepan currar mejor que yo.

A mi seguro que me han echado de más trabajos que a la extensa mayoría de mis compañeros directos. De otros tantos me he ido yo, en muchas ocasiones por razones caprichosas. Bueno, pues si tan alto ponen el listón y si tan bien cumplían cuando eran mecánicos o trabajaban en la obra, si tanto saben de sentido común y de tragarse los cojones, no me explico como, donde menos derecho tienen, cogen y actúan de la manera más injustificadamente soberbia posible cuando, es no ya de comportamiento militar de reales ordenanzas ni mierdas, sino de sentido común, que sabes a lo que te atienes quejándote de tus superiores tengas o no tengas razón.

Pues aun así, aunque nuestro capitán nos ha dado una charla que, a los demás no sé, pero a mí me ha convencido, aun había quienes querían tener la razón.

Estoy indignado precisamente por eso, porque, gente que supuestamente ponía el listón tan alto, haya caído tan bajo por una gilipollez que era evitable. No está en mi mano, ni quiero ya, tratar de darle una explicación a tal comportamiento, porque supondría ponerme en el pellejo de gente que ha demostrado no merecer mi empatía para según qué cosas, solo sé que yo también soy humano. Y sé que en la vida civil, cuando me han echado broncas y tenían razón, me he tragado los cojones, máxime cuando tenía menos carácter que ahora, razón de menos para quejarse en un sitio en el que si lo haces, has de hacerlo como está estipulado que se debe hacer y tener una razón de peso. Porque si al menos haces las cosas como se debe y no tienes razón, el único riesgo al que te expones es que no te hagan ni puto caso, pero si encima, tu solo te buscas problemas… Mira, siento que, a costa de lo sucedido, me haya dado una inyección de moral, pero yo tengo la conciencia tranquila de que sé que si yo la cago, nadie se va a comer mi mierda y que de todos modos, mi trabajo aquí dentro considero que es lo suficientemente ameno como para no necesitar dar razones a mis jefes (se llamen como se llamen) para que se cabreen conmigo. En fin, hace tiempo que no se daba el caso de que tuviese ganas de hablar de una anécdota concreta aquí en el blog. Yo “sus” dejo que ya me he desahogado. Ahora solo cuento los días que quedan hasta el 14 de octubre para empezar a llevar a cabo la razón por la que estoy aquí. Que la Potra os acompañe. Ciao.

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