jueves, 25 de noviembre de 2010

El momento más idóneo del día

Ya asumía, antes de que comenzase el curso, que compaginar trabajo y estudios sería una tarea titánica que aceptaría de buen grado dado que por fin estudio la profesión de mis sueños, hasta ahí estamos de acuerdo. Lo que me irrita y me produce cierto grado de envidia es lo que ayer decía por Facebook, que soy el único de mi clase cuyo trabajo no se parece en nada a lo que estoy estudiando. Es jueves y si me encuentro a estas horas de la mañana escribiendo en el blog es porque he pedido dos días libres. En un principio iban a ser los cuatro que me restaban por gastar, pero dado que la semana que tengo guardia y a eso le sumamos el saliente, pues no me he cogido esos dos días restantes.

Bueno, pues que me da una envidia de la hostia cuando mis compañeros dicen una que da clases de diseño por la mañana tambien, otra que en horas de trabajo se ha dedicado a hacer deberes para clase. Es culpa mía, joder, es culpa mía haber tardado 10 años en saber lo que quiero, y yo asumí el precio a pagar. ¡Ese precio sí! Antes de empezar tenía tan claro como que de día sale el Sol, que yo no me iba a distraer de la tarea para la que iba a clase, a diferencia de otras veces. Con entusiasmo, pues claro que estaba convencido, y de hecho aun lo estoy, pero pasa otra cosa. ¿Qué pasa cuando después de dos años compartiendo mi vida cotidiana con tíos que, por ejemplo, afirman haber probado las drogas a la misma edad que yo jugaba con los dinosaurios de Jurassic Park (los de mis compañeros del cole, yo me quedé con las ganas de tenerlos) o con gente que en un año se la ha piñado más de tres veces con el coche, me topo estudiando lo que yo quiero con gente normal que no se fija en si llevo la barba desaliñada o mal colocado el cuello de la chaqueta? Pues que me invade la euforia, siento impulsivas e irremediables ganas de desahogarme, de ser el protagonista. Se me levanta sola la mano para hacerle entender al profe de la manera más infantil posible que he entendido la lección que me está explicando, y pese al potencial ridículo que soy consciente de que puedo causar, no me importa.

Claro que la parte negativa es cuando solo me sobran, en teoría, tres horas al día para mi, de 3 a 4 y de 9 a 11, aunque todos los días me acueste más tarde, para reservar tiempo al necesario descanso. Ahí viene cuando la matan, ¿De dónde saco yo tiempo para hacer los deberes? ¿De mi sueño? Por nada del mundo, necesito algo de lo que he adolecido desde que llegué aquí y no he tenido cojones a auto imponerme: disciplina. Esa es la razón por la que he pedido dos días libres, para ponerme al día con las tareas de clase y para organizar mis aposentos que tengo los muebles por dentro que parecen el aborto de un calamar. Pero pesaban más las ganas de escribir, y debería haberlo hecho anoche, pues es cuando tenía los sentimientos en caliente, pero por las noches es cuando más gente está conectada a las redes sociales y clientes de mensajería instantánea, coño.

De todos modos, me alegro sobremanera de estar encabronado, porque este sentimiento me motiva, me motiva a escribir el blog, me motiva a sentir vergüenza antes de que mis compañeros se den cuenta de que me pongo la misma ropa durante más de tres días seguidos y me motiva a decirme a mí mismo que conmigo no puede ni Dios, porque si yo acepté este trance, es para asumirlo con todas sus consecuencias. Sé lo que quiero, podría haberlo hecho mucho más fácil años atrás, pero no cabe lamentarse, y en momentos así, acordarme de que nadie lo tuvo tan difícil como lo tuvo mi madre (encargándose de la casa, de sus hijos, por aquella, uno adolescente con problemas para socializarse y con los estudios y otro que iba a educación infantil aun y recorriendo todos los días 100 km por trayecto en transporte público para ir a la universidad y, además, estudiar) y que si ella pudo, puede cualquiera, yo el primero que no lo tengo tan chungo como ella… Bueno, hay una diferencia, y es que ella no trabajaba por aquel entonces, pero da igual.

Ayer me preguntó mi jefe que si ya había pensado que si quiero seguir aquí después del 11 de enero. Le dije que sí, me preguntó varias veces que si estaba seguro, me insistió que puedo cambiar de opinión hasta el día antes de mi renovación y le dije que no voy a cambiar de opinión, que estoy seguro de lo que quiero (lo estaba antes de escribir la entrada que borré, pero necesitaba que él lo supiera) y en ese caso me advirtió de que no va a haber contemplaciones conmigo como sí las ha habido hasta ahora.

Por último recalcó que ha visto mejoras en mí y la única contestación que se me ocurrió para parecer modesto en décimas de segundo fue “eso parece” porque aunque hago ejercicio, no lo hago precisamente fuera del trabajo cuando no me sobra el tiempo en estas circunstancias.

Que me la pela, que ya me he desahogado, y que, gracias a mi encabronamiento, al menos ya tengo motivación para escribir en el blog que llevaba meses muerto. Espero que ese encabronamiento se canalice en euforia y que esa euforia se canalice en resultados a corto plazo, que eso es para lo que estoy aquí. Además, estando tan ocupado, se me pasará rápido el tiempo seguro. Nada más, me pongo con los deberes. Que la Potra os acompañe. Ciao.

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